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El envejecimiento activo

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A finales de los años noventa la Organización Mundial de la Salud (OMS) instala el término “envejecimiento activo” con el propósito de transmitir un mensaje más integral que el de “envejecimiento saludable”, que tiene énfasis en la mantención de las condiciones de salud y funcionalidad incluyendo así otros factores que, sumados a la salud, influyen en cómo los individuos y la población envejece.
El término “envejecimiento activo” está referido principalmente al proceso de optimización de las oportunidades de salud, participación y seguridad con el fin de mejorar la calidad de vida a medida que las personas envejecen. El concepto se aplica tanto a los individuos como a los colectivos (OMS 2002). En muchas ocasiones, quienes no conocen en profundidad el término, lo confunden con la capacidad de las personas mayores de mantenerse activas físicamente o de continuar siendo independientes funcionalmente; sin comprender que éste apunta que las personas puedan realizar íntegramente su potencial tanto a nivel físico, como mental y social a lo largo de todo su ciclo vital.
El envejecimiento activo supone también el ejercicio de la ciudanía, el intercambio intergeneracional, el acceso al trabajo digno y la educación permanente
Esto teniendo en cuenta que el envejecimiento no comienza a una edad determinada, sino que abarca por completo el ciclo de vida a diferencia de la etapa de vejez. En distintos países, según un constructo cultural, el inicio de esta etapa se determina una vez cumplida cierta edad cronológica, por ejemplo, a los 60 o 65 años.
Si bien los tres pilares del “envejecimiento activo” señalados son claves, es fundamental entender que el concepto “activo”, según la misma OMS, hace referencia a la participación continua en las cuestiones sociales, económicas, culturales, espirituales y cívicas. De esto se desprende, por ejemplo, el hecho de que una persona mayor ya no tenga la misma situación funcional de antes no implica que no pueda seguir contribuyendo activamente en la sociedad; dentro de su familia en su rol de padre/madre, abuelo/a, hermano/a, etcétera; en su comunidad, ya sea en su vecindario, iglesia, agrupación, club deportivo, entre otros y en su país como ciudadano con voz y voto.
Entonces el concepto de “envejecimiento activo” trata de ampliar la esperanza de vida saludable y la calidad de vida para todas las personas a medida que envejecen, incluyendo aquellas personas frágiles, en situación de discapacidad o dependencia física o que necesitan asistencia y/o cuidados. Para esto último es indispensable la claridad del concepto, tanto por parte de las autoridades de gobiernos que impulsan estas políticas públicas, como por los profesionales a cargo de implementar programas e intervenciones con el colectivo de mayores, pues muchas veces se pone énfasis en programas dirigidos a personas autovalentes, apelando a la importancia del “envejecimiento activo” para la prevención del deterioro físico-funcional, dejando fuera a aquellas personas que presentan algún grado de dependencia y que también requieren de programas que fomenten una vejez activa en el amplio sentido del concepto.
Sumado a lo anterior la participación, como uno de los pilares del envejecimiento activo, no puede dejar de lado la oportunidad de participar por parte de los mayores, no sólo de forma entusiasta en sus comunidades y familias, sino también en el ámbito laboral; contando con condiciones adecuadas a sus necesidades y con respeto a sus derechos, dejando de lado la discriminación etaria, que tiene en su base el edadismo o la ideología del viejismo, a la hora de otorgar puestos de trabajo o de desvincular personas de las empresas.
Finalmente, el acceso a la educación permanente también es parte del “envejecimiento activo”. En Chile la Primera Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez (Herrera, M. et al 2007), proporcionó los primeros indicios de cuáles eran los factores protectores para un “buen envejecer” en el país, señalando como el factor protector más relevante a la educación.
De la encuesta se desprende que un mayor nivel educacional incide prácticamente en todos los componentes de una mejor calidad de vida, y tiene un efecto doble: por una parte, al relacionarse con mayores niveles de ingresos, les permite a las personas satisfacer más adecuadamente sus necesidades, especialmente las económicas y de atención sanitaria. Por otra parte, la educación se relaciona con los estilos de vida de las personas, de manera que los más educados tienden a tener estilos más saludables que les permiten evitar enfermedades.
Sumado a esto el derecho a la educación es universal y se aplica todas las personas independientes de su edad, por lo tanto, las personas mayores, tienen como todo ciudadano, el derecho de acceder a la educación, tal como lo señala el artículo 20 de la Convención Interamericana sobre la Protección de Los Derechos Humanos de las Personas Mayores (Fuente OEA).
Considerando todo lo anteriormente expuesto, es necesario que quienes trabajamos en envejecimiento y vejez propongamos programas dirigidos al colectivo de mayores que incluyan otras temáticas más allá de lo puramente sanitario o de lo físico y recreativo, que apunten al ejercicio de la ciudanía, el intercambio intergeneracional, el acceso al trabajo digno y la educación permanente que son parte substancial del envejecimiento activo.

Un artículo de Beatriz Alejandra Urrutia Quiroz,
Licenciada en Trabajo Social – Trabajadora Social UC
Máster en Valoración e Intervención Gerontológica y Geriátrica UDC

junio 18, 2019

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